Viernes, 03 de marzo de 2006
LA RESIDENCIA
(Extracto del capítulo del libro "Al final me muero. Mis memorias" escrito por Marcelo Andrade, miembro poco conocido de la Generación del 27)
Entrar en la Residencia de Estudiantes fue difícil a causa a lo raquítico de mi historial académico anterior. Y no crean ustedes que ello se debió a que no estaba capacitado para las altas calificaciones. La razón fundamental de mi poca dedicación al estudio en mis mozos años fue que siempre pensé que entre un libro abierto y una bella mujer en la misma posición la segunda era preferible. O sea, que seguir fiel a mis ideales repercutió negativamente en mis notas.
En fin, que con un cinco raspado de media en mis anteriores estudios pude entrar sólo en la Residencia de Estudiantes de F.P., situada justo al lado de la famosa, a la que accedía a la hora del recreo siempre que podía, pues allí se acercaban mozas en busca de algún eminente hombre de letras que le regalase los oídos con fermosos poemas. A mí eso de la poesía siempre había parecido, hablando en plata, una mariconada de mucho cuidado. Pero uno es muy hombre y como tal, hace lo que sea por llevarse al catre una buena compañera. Para poder perfeccionar mi técnica con la pluma híceme amigo de Federico, que con garbo y salero me enseñó a rimar en el lago en el que pasábamos largas tardes. Al menos, a mí así me lo parecían, pues tengo miedo al agua y el vaivén de la barquita me producía vómitos. Pero era un esfuerzo que debía hacer por poderle echar a una muchacha unos versos como Dios manda. Bajo el amparo del granadino hice mi primer poema: "Mi vida sexual".
Sin saberlo, inventé el surrealismo.
Mi segundo poema fue un soneto dedicado a la sordera de mi padre que titulé, con el gracejo que me caracteriza, "Sonetone". Y ahí empezó todo. A Federico y a mí se nos unieron Aleixandre, Dámaso, Alberti y otros artistas como Dalí, Buñuel, Picasso y Baremboin, que se fue distanciando del grupo porque tenía que volver cada día a su casa de Buenos Aires y quieras que no, uno no encuentra tiempo para quedar con los amigos. Si a eso le sumamos que aún no había nacido y que siempre que decía su apellido nos partíamos de risa, no es extraño que numerosos estudiosos hayan decidido no incluirlo en "Los Araña", que es como nos queríamos llamar nosotros en realidad y que fue cambiado por otro nombre más comercial, por expreso mandato las editoriales de poesía que ya entonces ejercían su poder mediático.
Fueron, sin duda, tiempos maravillosos que la guerra seccionó en dos mitades. Pero que la historia volvió a poner en su lugar, en parte. Y lo digo porque yo nunca tuve el reconocimiento del público, salvo cuando estuve a punto de entrar en la Real Academia de la Lengua y ocupar el sillón "ç minúscula cursiva". Por desgracia, me reconocieron y me echaron de una patada en salva sea la parte.
Pero eso es otro capítulo que podrán leer ustedes en la segunda parte de mis memorias.
Por: el homenaje | Espectáculos | Comentarios (2) | Referencias (0)
Claro que sí, genial interpretación por parte del personaje secundario, que aunque escondido sale a relucir entre sonetos ocultos. Jai!!
ovitx | 16-05-2006 18:37:20
Hernández Mancha | 17-05-2006 10:13:26