Domingo, 04 de diciembre de 2005
Dicen que en su juventud, Georgie Dann era una de las más firmes promesas del jazz francés. Teniendo en cuenta que a mí me gusta la música de Paulina Rubio, entenderá el sagaz lector que desconozca la importancia que el jazz juega dentro del panorama musical del país vecino. Pero bueno, imagino que no debe de ser nada del otro mundo porque muchos jazzmen franceses no exportan, no. Y si nos los trajesen, volcaríamos las furgonetas con ellos dentro al pasar por la frontera y dejaríamos esparcidos los instrumentos por la carretera, pues de todos es sabida la rivalidad que nos enfrenta en todo y que no dejamos pasar ni una, salvo Marlene Morreau por evidentes razones.
O sea, que este chico, con veintipocos años se vio en la tesitura de si debía seguir adelante con su pasión por el saxo tenor, con el consabido peligro de acabar sus días tocando de garito en garito por unos míseros francos, sólo en la vida, sin vender ni un puñetero disco y dependiendo tu vida de una botella de whisky. O sea, como María Jiménez, pero sin letras de Sabina.
Según mis investigaciones, el joven Giorgie estaba convencido de que era ése el camino a seguir, mas quiso el destino que, en un cruce de caminos un domingo por la mañana mientras iba a comprar croissants y baguettes en bicicleta (iba él a comprar en bici, no que compraba bollería ciclista, no me entienda mal, lector, al que me permito volver a llamarle sagaz), se le apareciese ni más ni menos que el mismísimo diablo. El mismo que sedujo a Fausto, el mismo que compró su alma a Robert Johnson, el mismo que intentó convencer a Karina que lo suyo era la canción ligera, pero de ropa, factor que ella no entendió bien y por culpa del cual tuvimos que meter la radio en el maldito baúl de los recuerdos.
En fin, que al igual que a ellos, también al joven Dann se le apareció y le ofreció un pacto sagrado. El diablo le ofrecía un gran éxito de ventas cada verano, mujeres espectaculares renovables también cada verano y seis toneles de tinte del pelo y él a cambio tenía que dejar el jazz y que ya que estaba, cuando volviese de la panadería, le tenía que traer dos brioches recién hechas, pues sabía el diablo, por viejo, que en aquél lugar las hacían con especial mimo.
Eso sí, su triunfo se ceñiría a España e Iberoamérica, que en los demás países en los pubs y discotecas ponen música y la gente escucha lo que baila. Es lo que tiene saber inglés.
A veces hay que saber decir que no. Otras hay que decir que sí. Y una vez aclarado este concepto, sigamos con la historia. Giorgie aceptó el trato y el diablo le dio la partitura de “El negro no puede”, su primer gran éxito. Al año siguiente, en el buzón de la mansión que compró con las rentas de ese número uno, recibió la de “El chiringuito”. Y a ese le siguieron “La Barbacoa”, “El Bimbó” y un sinfín de pegajosas melodías que convirtieron a este hombre en uno de los más ricos y famosos del mundo musical ibérico.
Hoy Georgie ha pasado de nuevo por ese cruce de caminos. Ha sentido nostalgia de su saxo, pero al notar el olor a azufre, ha vuelto a montar en su bici y ha corrido tanto y tan deprisa que ha ganado el maillot de puntos rojos del Tour de Francia. Y en el podium, nos ha cantado su nuevo éxito estival.
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Georgie Dann!!
Muy buen post!
Me encanta este blog!
(que mierda de comentario, pero bueno... Ño que dice es cierto)
TeRMi | 04-12-2005 21:12:27
Mami que será lo que quiere el negro.Mami que será lo que quiere el negro.
Mami, el negro está rabioso
quiere pelear conmigo.
Ay, díselo a mi papá.
Mami, yo me acuesto tranquila,
me arropo de pié a cabeza
y el negro me destapa.
Mami que será lo que quiere el negro. Mami que será lo que quiere el negro.
Mami, el negro está rabioso…
lupa | 05-12-2005 18:32:06