Lunes, 24 de octubre de 2005
Entré en la mafia de la manera más tonta: estaba leyendo ofertas de trabajo y había una que decía: “Empresa familiar en expansión busca matón y extorsionador. Se valorarán conocimientos de italiano, metralleta propia y sombrerito de ala corta. Posibilidades de ascenso. Imprescindible antecedentes.” Pensé que se trataba de una broma y como soy todo un cachondo, llamé y les dije que yo era su hombre. Me hicieron una entrevista en una habitación oscura, atado a una silla y con un flexo en la cara. Me hicieron mil preguntas, pero no solté prenda. Sólo quedamos tres finalistas para la prueba final, que consistía en deshacerse de los otros dos sin rejar rastro. No tuve elección, así que descuarticé a uno con el cortauñas y tiré al otro al mar para comprobar la calidad del nuevo calzado de cemento que estrenaba el pobre hombre. El puesto era mío. 
He de admitir que al principio tenía mis dudas morales sobre lo que hacía. Pero después te paras a pensar y te das cuenta de que es un trabajo como otro cualquiera, no menos ético que ser, por ejemplo, publicista, médico o trabajador de una ONG. Así que le fui pillando el gustillo a eso de ir por las tiendas reclamando las deudas, reunirme con la gente del ayuntamiento para cobrarme favores electorales o hacer horas extras por las noches en los clubes de la familia.
Lo que más me costaba eran las advertencias. Sí, ya sabes, eso de meter la cabeza de un caballo en la cama de alguien para acojonarle. No sé, quizás fuera por mi pasión por Waku Waku, pero eso de matar animalillos siempre me ha parecido cruel. Así que metía al caballo entero con la cabeza del jockey. Acojona más y no te dicen nada los de las protectoras de animales.
Y así, poco a poco, fui formando parte de la familia. Me casé con la hija del Padrino, en parte por amor, en parte por interés, en parte porque la dejé embarazada, en parte porque el cura aguantaba la biblia en una mano y una recortada apuntándome al corazón en la otra.
De eso hace ahora veinte años. Las cosas han cambiado mucho desde entonces. Ahora mando yo de todo. Ha sido suerte porque cuando ametrallaron al Padrino yo estaba en Las Vegas. Y porque no subí al coche bomba que llevaba a mis cuñados. Y porque las demás familias supieron dónde vivían los hombres de confianza de la familia. Y así he llegado donde estoy, a lo más alto.
Pero quiero dejarlo. Esta vida estresa mucho. Y mis hijos están más que preparados para coger el testigo. Por eso quiero retirarme y ocupar el puesto que me corresponde. Sé que usted me debe algún que otro favor y sé que accederá a darme el puesto que le pido. No quiero que se vea presionado sólo por el hecho de que mis hombres estén violando a su esposa y a su hijo en esa habitación. No tiene nada que ver, de verdad. Eso lo hacen para liberar tensiones, ya le digo que esta profesión es muy dura.
Ya está bien de charla, que me quedo afónico enseguida. Así pues, ¿qué? ¿Le parece bien la alcaldía de Marbella o tengo que empezar a cortarle ahora los dedos de los pies?
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