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Homenaje al Tang

Miércoles, 12 de octubre de 2005

La merienda

Las tardes empezaban a ser más largas, por eso los sábados siempre quedábamos después de comer en casa de Ezequiel para jugar al escondite en su jardín. Tenía un jardín inmenso, con setos tan altos como nosotros que nos permitían escondernos tras ellos sin que te viera quien pagaba. Y como eran anchos, te podías poner en una punta y cuando el que paga se acercaba por la otra salías corriendo con ventaja y podías salvarte a ti y a todos tus compañeros.



Éramos cinco, pero siempre pagaba Javier. Además de gordo, tenía los pies planos y eso le obligaba a llevar unos zapatos ortopédicos negros y enormes. Y claro, era más que fácil adelantarle. Y como no tenía más amigos, si quería venir con nosotros tenía que pagar todo el rato. Y si rechistaba, Raúl le pegaba una ostia en la cara y él se iba detrás de un seto a llorar y volvía al cabo de un rato y nos pedía perdón y nosotros le perdonábamos, le ajuntábamos de nuevo, eso sí, si seguía pagando. Javier era, según oí comentar a mi padre en voz baja para que no me enterase, un auténtico desgraciado de mierda que de mayor acabará trabajando de algo chungo, corredor de seguros o peajista en la autopista.

Un día la madre de Javier vino con él, le acompañó porque a veces venía y merendaba con la madre de Ezequiel y se ponían a chismorrear en el sofá. Y esos días eran los peores porque Raúl no podía ostiar a Javier porque si se enfadaba venía su madre y nos reñía y la puta de la madre de Ezequiel que en días normales pasaba del tonto de Javier, se ponía de su lado y al final acababa pagando yo porque soy el segundo más lento por culpa de una malformación que tengo en las piernas que paso de explicar porque no es lo que me han dicho que diga.

Pero esa tarde Javier no se enfadó, y siempre que le tocaba pagar, pagaba, y cuando le hacíamos las maganchas, pagaba también. A mí eso ya me pareció raro, pero no dije nada porque ya me iba bien.

Sobre las 6 de la tarde aparecieron en el jardín las dos madres y llevaban una bandeja con vasos y una jarra de Tang naranja, que nos gustaba mogollón. Todos los vasos estaban vacíos menos uno, el más grande.

- Toma Raúl, tú como eres el más fuerte, te tomarás este vasote.


Raúl puso cara de miedo al cruzar su mirada con la de la madre de Javier, que también era gorda, eso no lo había dicho antes y creo que es conveniente que ustedes lo sepan.

- No gracias, yo tomaré un vaso como todos.
- No, no, tienes que crecer, que ya me ha dicho Javier que eres muy fuerte y que nadie te gana a peleas. Así que te lo tomes y calles.

Las manos de Raúl temblaban cogiendo el vaso. Antes de llevárselo a la boca lo olió y dijo que olía raro, y la madre de Javier le dijo que ya estaba bien, que se lo bebiese de un trago si no quería que le contase a su madre que fumaba a escodidas. Raúl miró entonces a Javier y con los ojos le dijo que la había cagado y que cuando su madre se fuese le iba a dar mil ostiones. Pero Javier le devolvió una sonrisa maliciosa en vez de bajar la mirada como hacía siempre.

Raúl se lo bebió todo. De un trago. Lo que pasó después no lo puedo contar porque mis padres no me dejan. Lo que sí que puedo decir es mi Tang estaba buenísmo y que echaré en falta a mis amigos. Aunque intentaré hacer otros en el internado.

Por: el homenaje | Alimentación | Comentarios (0) | Referencias (0)

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