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Homenaje al Amigo Félix.

Miércoles, 29 de junio de 2005

Basado en hechos reales.

Cuando era pequeño me gustaban las canciones de Enrique y Ana. Me costó un poco aprender la letra de “Cocouaua” no por falta de inteligencia sino porque no acababa de encontrar el transfondo filosófico que se esconde tras esas sílabas aparentemente inconexas. Una vez superado el primer hit, me lancé de lleno sobre “Amigo Félix”, un tema que mezcla la metafísica (¿hay vida más allá de la muerte?) con la astronomía (¿quién puso los nombres a las constelaciones? ¿qué había tomado? ¿por qué nadie se atrevió a decirle que no se parecía a una osa ni de coña?). Escuchándola en mi radiocassete rojo comprendí que Enrique del Pozo era un ser superior y que merecía todos mis respetos.



Para mí, hasta entonces, Félix Rodríguez de la Fuente era el señor ese de los buitres leonados, el oso ibérico y la cabra que tira al monte que tanto le gustaba a mi padre, pero tampoco era un hombre que me cayese especialmente bien. Sí, su muerte heróica lo había hecho más simpático, pero lo realmente grandioso era la canción. Esa melodía que aprendí a tocar con el órgano Casio tras muchas horas de practicar con mis infantiles deditos índices. Lo conseguí con empeño, como tiempo después hice con “Marta tiene un marcapasos” (que sabía tocar sólo con las teclas negras) y con el “Himno a Valencia. Y me convertí en un fan absoluto del “Amigo Félix”. No dejaba de canturrear esa cancioncilla, nada hacía que me la quitase de la cabeza. Y mi madre empezó a preocuparse seriamente. “Marido, nuestro hijo tiene una obsesión” “Mujer”, contestaba él, “te tengo dicho que tras varios años casados, ya podemos llamarnos por nuestros nombres”, y seguía leyendo el “Cambio 16”.

Toda esta historia viene a cuento porque un buen día llegó a Dénia “El circo de Enrique y Ana”. Como sacaba muchos progresadecuadamentes, mi madre nos llevó a mí y a mi mejor amigo a verlos. Pero como éramos humildes, pillamos localidades en la quinta puñeta, allá arriba. Me daba igual, yo lo que quería era escuchar en directo la mejor canción de la historia. Por el escenario pasaron trapecistas, caballos con mujeres encima y viceversa, payasos, malabaristas, leones… en fin, lo normal del circo. Y un par de horas de espera después, llegó el momento de la canción. Enrique tomó el micrófono.

-“¿Cómo están ustedes? Uy, eso es de otro circo. Qué loca estoy. Bueno niños, ahora vamos a cantar “Amigo Félix”, pero ni Ana ni yo nos la sabemos. Así que necesitaremos 6 voluntarios para cantarla aquí con nosotros y…”

En esos momentos, yo, un niño gordito y cabezón bajaba a toda velocidad por las escaleras del circo, dejando atrás a base de ostias a todos los niños que se cruzaban por mi camino. Iba contando los niños que llegaban antes que yo, 1, 2, 3, 4, 5… y yo tenía que ser el sexto. Aparté a una niña con coletas que lloraba histérica y atónito comprobé cómo por encima de ella y de mí pasaba el cabrón de mi mejor amigo, quedándose con la plaza vacante mientras un gorila me cerraba el paso bruscamente dejando que por detrás me aplastaran los niños de mierda a los que yo había adelantado previamente. Mi ex amigo cantó, conoció a Enrique y Ana y le dieron un regalo. Yo estuve llorando varias semanas y desde entonces tengo aversión infinita a las estrellas, a los osos, a los dúos de cantantes y a los guardias de seguridad.

Hoy he visto que en “Aquí hay tomate” despellejan cobardemente a Félix. Este homenaje debería salir en su defensa pero, amigo Félix, la venganza es un plato que se sirve frío. Muy frío. Y al capullo de Enrique y a Ana, dondequiera que esté, que sepan que les esperan dos platos del mismo menú.

Por: el homenaje | Personajes | Comentarios (0) | Referencias (0)

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