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Homenaje a Mi Café

Miércoles, 27 de abril de 2005

Otra noche más en blanco. Otra noche sin dormir. Y van… Estoy harto de pasar las noches escuchando en la radio los problemas de la gente solitaria que no tiene quien le escuche, viendo anuncios americanos de productos que te ayudan a fortalecer tus abdominales, preparándome bocadillos de choppe de madrugada en la cocina o simplemente, tumbado en la cama pensando en cómo demonios puedoa relajarme y dormirme de una maldita vez.



Esto es un círculo vicioso. Toda la noche en vela y justo en el momento en el que empiezo a escuchar las duchas de los vecinos que se preparan para el trabajo, me entra el sueñecito. Me duermo y cinco minutos después, suena el despertador. Me levanto de mala gaita y me paso el día de cafetería en cafetería, tratando de mantenerme despierto y atiborrándome de cafeína. Y por la tarde, es tal el subidón que parece me salga de un after hours. La gente me mira por la calle, algunos de ellos me reconocen, mira mamá, el de la tele, ¿qué le pasa? ¿por qué está tan nervioso? Y poco a poco te vas creando una fama de drogadicto que te marca y te impide llegar a otros trabajos. Y te encasillas. Y nadie te llama. Y no puedes decir que no al único cliente que te aún se acuerda de ti.

Maldito trabajo. Maldita la hora en la que me llegó la oferta. Y me maldigo a mí mil veces por haberla aceptado. Al principio me entusiasmó, he de reconocerlo. Viajar de aquí para allá, Colombia, Brasil, Ecuador… meterme en las selvas y conocer a los indígenas y sus costumbres. Pero la verdad es que visto uno, vistos todos. La única diferencia, al fin y al cabo, radica en el tamaño del palo con el que se atraviesan los labios. Y los paisajes, pues mira, impresiona mucho, pero los malditos mosquitos acaban por hacerte odiar todas las cascadas y la frondosa vegetación. No era un trabajo demasiado duro, no voy a negarlo. Sólo tenía que vestirme con mi camisa y mi pantalón caqui, dejarme barba de tres días, aparecer por el poblado, visitar al jefe del mismo, probar un par de granos, poner cara de aprobación, decir un simple "mi café" y estampar un gran cuño en primer saco que viese.

Ah, si lo hubiera sabido antes. Si hubiera sabido que tras un "micafé" venía otro. Y luego otro, y otro y mil "micafés" más, durante un año, dos, tres y mil más. Ahora soy un adicto, ahora no puedo dormir, ahora los ojos enrojecidos me escuecen noche tras noche y soy incapaz de cerrarlos y descansar. Y no puedo hacer otra cosa que deambular por la casa como un alma en pena y pasar los días tomando café y más café esperando en vano a que me llame mi representante y me diga que por fin, los de la empresa de tilas han decidido que sea yo quien haga su próximo anuncio.

Por: el homenaje | Alimentación | Comentarios (0) | Referencias (0)

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