Viernes, 15 de abril de 2005
Nunca olvidaré el día en que mi abuelo me regaló mi primer Werter’s Original. Lo recuerdo perfectamente porque aquella tarde, justo antes de que pudiera saborear el caramelo, mi abuela entró corriendo en la habitación y apuñaló a mi abuelo por la espalda con el cuchillo de cortar carne.
Mientras el anciano, tumbado en el suelo, se retorcía entre convulsiones sanguinolientas, mi abuela le recriminaba: “¡Siempre dándole chucherías al chaval! ¿No ves que está demasiado gordo? ¡Y eso no alimenta nada! ¡Te tengo dicho que si quieres darle dulces, le des los gitanitos, joder!” Sacó un Bony del bolsillo del delantal, me lo puso en la mano y me dijo que me lo merendase y que tirase el puto caramelo a la basura.
A mí, sinceramente, me gustaban más los Tigretones, pero en vista del humor que gastaba la vieja, me lo comí sin decir nada, mirando los payasos de la tele mientras los enfermeros envolvían a mi abuelito en un plástico, como si fuera un vulgar pastelito.
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